Fue el primer abogado judío en presidir el Colegio
de Abogados del Uruguay y la segunda mujer en ejercer ese cargo en esta
tradicional institución profesional que ya tiene más de 80 años de existencia.
Defendió a presos políticos durante la dictadura militar y en sus años de
docente se dedicó, en buena medida, a ayudar a aquellos que no pueden acceder
financieramente a un jurista mediante los servicios brindados desde el
Consultorio Jurídico de la
Facultad de Derecho de la Universidad de la República. Asimismo,
desde 2008, la doctora Edith Wieder es ministra letrada del Supremo Tribunal Militar.
Íntimamente vinculada con el judaísmo de origen húngaro, al punto de hablar el
idioma de sus ancestros, señaló: “fui
criada y educada en los valores del judaísmo, son esos valores los que
trato de mantener en todas mis acciones”.
A continuación un resumen de la entrevista que
Wieder mantuvo con el portal web del CCIU:
– ¿Cuándo decidió que quería ser abogada? ¿Por
qué?
– Siempre me
imaginé a mi misma como abogada, por razones que tienen que ver más con la
imagen que parecía daban los abogados, como defensores de causas perdidas,
mezclado con algo de actuación frente a un jurado; algo casi teatral. O sea,
más una imagen que la realidad de la profesión. La verdadera decisión la tomé
en la facultad cuando comencé a entender lo que es el Derecho y su importancia,
en tiempos en que mantener la vigencia de la ley y el Estado de Derecho
tuvieron para mí un peso fundamental en materia de elección.
– ¿A qué profesores recuerda de sus años de
estudiante?
– Tuve la suerte
de tener excelentes profesores, verdaderos maestros del Derecho. El que más me
impresionó como docente integral fue el profesor Héctor Hugo Barbagelata,
docente de Derecho Laboral, que nos enseñó a estudiar, a aprender y a enseñar,
además de su saber enciclopédico de todas las materias. También tuve el
privilegio de asistir a clases de los doctores Justino y Eduardo Jiménez de Aréchaga,
Adela Reta, Jorge Peirano Facio, que fue un maestro del Derecho Civil, más allá
de los sucesos que conocemos.
– ¿Qué es lo que más disfruta de su actividad
docente?
– El contacto con
los jóvenes y en mi caso, que soy profesora de Técnica Forense III el poder servir a la gente, porque tuve a mi
cargo distintos consultorios jurídicos, donde pude enseñar la práctica de la
abogacía, al mismo tiempo que procuraba solucionar problemas de la gente
carente de recursos, o sea que se hace extensión e investigación conjuntamente
con la enseñanza de la materia.
– Como docente, ¿qué espera de sus alumnos?
– Que les
interese lo que están estudiando, que participen activamente de las clases, que
duden y cuestionen y busquen sus propias soluciones a los temas que se
plantean.
– ¿Cuánto influyó su identidad judía para que
decidiera estudiar y ejercer el Derecho?
– Mi identidad
judía está presente en cada una de las decisiones que tomo, no puede ser ajena
al ejercicio del Derecho, porque además de ser el pueblo del libro, somos el
pueblo que recibió los mandamientos y los hizo norma a la que ajustar el
comportamiento, y eso es la ley y el Derecho.
– ¿Qué significó para usted presidir el Colegio de
Abogados? ¿Cuántos judíos han ocupado ese cargo? ¿Y cuántas mujeres?
– Presidir el
Colegio de Abogados (2002-2004) fue el mejor honor que me pudieron dar los
colegas cuando me eligieron y votaron. Fue una etapa hermosa de mi vida, en la
que sentí que había elegido bien mi profesión, que la supe ejercer y enseñar. Y
en definitiva, que los colegas me votaron como capaz de dirigir una institución que representa a todos los
abogados del Uruguay, lo que es un honor y una responsabilidad que me
enorgullece haber alcanzado. Fui la primera judía que presidió el Colegio, y la
segunda mujer.
– ¿Cómo fue su experiencia de defender a presos
políticos en Uruguay durante la última dictadura militar?
– Fue una etapa
muy dura en la que nos llegamos a cuestionar la utilidad de las defensas
profesionales porque actuábamos ante una Justicia totalmente carente de
garantías. Pero de alguna manera también sentí que cumplía la función de tratar
de encauzar los procedimientos para que los procesados sintieran el apoyo de la
defensa ejercida en forma, aun cuando las condicionantes del medio no fueran
las que correspondían a un estado de derecho sino las de la dictadura que vivía
el país. Tuvimos que estudiar mucho, y pasar por situaciones bastante
desagradables, porque quienes fungían como jueces militares asimilaban a los
abogados que actuaban como defensores, a los propios acusados. Por suerte, ese
período oscuro de nuestra historia se terminó.
– ¿En qué consiste su activismo en el campo de la
lucha contra la violencia doméstica?
– La violencia
doméstica es un flagelo del que está apareciendo ahora la punta del iceberg. Tiene consecuencias trágicas
para toda la sociedad, el modelo violento de un hogar, o familia en crisis,
repercute y se mantiene, creando círculos viciosos de violencia diaria. Se
trata de apoyar a las víctimas, y educar a todo nivel, para que aquellos que
son objeto de violencia puedan salir de la situación y vivir normalmente en una
sociedad que debe apoyar a las víctimas y reprimir a los causantes de la
violencia. He trabajado en varias organizaciones no gubernamentales en el tema,
impulsando la ley, la formación de operadores del derecho que traten los casos,
y creando comisiones especiales en el Colegio de Abogados del Uruguay.
– ¿Por qué considera que el «judaísmo
húngaro» es casi inexistente en Uruguay?
– En realidad, no
es casi inexistente, solo que cada vez somos menos los que aún mantenemos
alguna de las costumbres e idioma húngaros. Yo viví una hermosa infancia en la
sede la Comunidad
Israelita Húngara del Uruguay, éramos muchos los chicos y
chicas que allí aprendimos algo de nuestro judaísmo, de canciones y bailes, y
veíamos a nuestros mayores haciendo sociabilidad, orando en las fiestas
tradicionales, teniendo una vida comunitaria ligada por su idioma común, el
húngaro. Para ellos, era muy importante tener su propia sede, su ambiente, ya
que su idioma y su cultura húngaros, los diferenciaba del resto de la comunidad
y allí se reunían y había actividades todos los días de la semana. Pero ya quedan muy pocos, y a pesar de los enormes
esfuerzos de la Directiva
actual de la Comunidad,
no creo que tenga demasiado sentido mantenerse separados. Cambiaron las
costumbres, lo que fue la hermosa sede y sinagoga en el centro, apenas puede
mantenerse, ya que al centro de Montevideo no es más el lugar donde viven y se
reúnen los judíos hoy en día.
– ¿Cómo se lleva con su judaísmo?
– El judaísmo es
parte fundamental de mi persona, fui criada y educada en los valores del judaísmo,
en la cultura judía y en esos valores son los que trato de mantener en todas
mis acciones.